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Me topé hace poco con un texto llamado ‘Thirteen Sufjan Stevens outfits ranked in ascending order of how badly I want him to fist me in them’ (sin duda alguna, el mejor titular de la historia). Pensé entonces en aquel concierto en el que Sufjan repitió we’re all gonna die las veces necesarias para que todos los presentes entendiéramos lo que quería decir. Fue en el circo Price, un jueves de septiembre. Sólo hacía dos días que me había besado, por fin, el hombre de las pestañas largas y la nuca blanca (muchas veces, en los meses posteriores, describiría a mi psicoanalista cómo me había agarrado del cuello y sujetado los brazos, sentada yo en un sofá granate que no volvería a ver). Se avecinaba el peor de los inviernos, pero aún no lo sabía. O puede que lo intuyera. El caso es que, en aquel momento, todavía era otra (alguien a quien ya no estoy en disposición de recuperar) y que en ese concierto experimenté algunos instantes de belleza absoluta, quizá los últimos de mi juventud.

Dada mi tendencia patológica al encierro, he terminado por dotar a mis salidas de cierto peso, entendiéndolas no tanto en clave de ocio como de elección simbólica: cada contacto sustancial con el exterior está motivado por un compromiso con algo más atrayente que la fuerza gravitatoria de mi esquinita. Aquel día no me acompañaba el chico de las pestañas largas y la nuca blanca, sino un aspirante a escritor. Quedamos en la puerta, unos minutos antes del comienzo. A él le apetecía hablar conmigo (o hablar sin más), así que nos sentamos en un escalón mientras se bebía su cerveza. No recuerdo una palabra de lo que dijo. Cuando por fin se calló y pasamos dentro, ya no quedaban sitios cerca del escenario. Eso me molestó. Acostumbro a ser educada (me responsabilizo de la buena marcha de las conversaciones, no permito los silencios incómodos y sonrío una barbaridad), pero esa noche —cosa rara— no me apeteció esforzarme. Giré la cara y focalicé mi atención en un Sufjan lejano y pequeñito, de rostro aniñado, que cantaba con esa delicadeza suya capaz de convertir cualquier anfiteatro en tu propia habitación. Lloré y sonreí y me pregunté si se acostaría con groupies. Después me marché rápido, procurando que nada se perdiera entre charlas de despedida.

Fue un concierto precioso.

Hubo un tiempo en que Morrissey aliviaba la angustia inexpresable y Robert Smith iluminaba las mañanas en las que creía haberme enamorado. Estoy en deuda. Cat Power, por ejemplo, me arrulló tantas noches de mi adolescencia que su voz permeó en mí hasta formar parte integral de lo que soy. Nació un 21 de enero, como yo, y siempre sentí que estaba hecha de un material similar al que compone mis bajos fondos. Ella es más valiente, callejera y cruda, más impúdica y kamikaze, pero está igual de rota, o rota de manera parecida. La descubrí gracias a una amiga con la que ahora no me hablo. Mi amiga la descubrió gracias a un chico con el que se lió. Luego yo se la mostré a un novio que la ignoró por completo. Poco importa, we’re all gonna die. Lo que sí importa es que Chan y Sufjan han coloreado la crisálida en la que con frecuencia me repliego, vertiendo su propio universo en el mío; un universo íntimo, excluyente, que cabe en la cáscara de una nuez y que —sólo en ocasiones— me atrevo a abandonar.

Sufjan-Stevens2

6 Responses to “Sufjan & Chan”

  1. Javier

    ¡Qué bonito escribes!

    No dejes de abandonar de vez en cuando esa cáscara, aunque sea únicamente para pintar pequeños trozos de crisálidas ajenas.

  2. carlos

    Por lo que leo, entiendo que vives en una crisálida de colores al estilo hippie, navegas en una cáscara de nuez y vas a conciertos de vez en cuando. Una buena vida. Aprovecha la presencia de las memorias para disfrutar -sacar fruto, que no necesariamente pasarlo bien- del presente. Gracias por escribir

  3. Leeser

    Ojalá ser editora para poder publicar a personas como tú

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