Recién cumplidos los dieciocho escribí una historia sobre cuatro hermanas que —bajo la vigilancia de un padre sobreprotector— vivían en un caserón apartado del mundo. La trama se desarrollaba en el primer verano que recibían visita del exterior (visita masculina, por supuesto) y explicaba los acontecimientos que la incursión desencadenaba en ese paraíso creado para ellas. No había leído entonces a Jeffrey Eugenides y apenas recordaba ‘La casa de Bernarda Alba’, pero sobra decir que nada tenía de especial mi trágico cuento. Sin embargo, representaba con total precisión el sentimiento con el que crecí (aunque mis circunstancias fueran, en general, muy distintas).

Soy la primera hija de una pareja privilegiada y arquetípica que diseñó para mí un espacio bucólico libre de grietas. Para evitar los efectos devastadores de la severísima educación que recibió, mi padre se esforzó en garantizar que me sintiese —siempre y a pesar de todo— querida. Por desgracia, en su intento de salvarme de la disfuncionalidad emocional que él había padecido, acabó por contribuir a fortalecer ciertos aspectos que han dificultado mi interacción con el resto. Sería injusto culpar a alguien: ante la mirada admirativa de esos progenitores ejemplares que me profesaban enorme devoción, creí (instintiva y silenciosamente) que se esperaba de mí la perfección. En este contexto, las inevitables fisuras de la realidad y las mías propias comenzaron a resultarme inaceptables; su mera existencia, traumática. Tardé poco en incubar un pánico atroz a cualquier situación en la que mi naturaleza defectuosa (mi normalidad, digo ahora) quedase expuesta; el mínimo paso suponía enfrentarme a la posibilidad de fracasar, en cada movimiento imaginaba jugarme el afecto de mi padre y el de los demás (un afecto que vertebraba mi identidad y sustentaba mi autoestima).

Cuando recién cumplidos los dieciocho escribí aquella historia, yo aún era virgen (lo sería hasta bastantes años después). El menor contacto físico me obligaba a tomar conciencia de mi cuerpo adulto, despertaba sensaciones sobre las que no tenía control alguno y amenazaba con revelar partes de mí que ansiaba mantener anestesiadas. Arrinconada por estos y otros conflictos, generé la más amplia gama de herramientas para conseguir lo que puede resumirse en un único objetivo: prolongar mi infancia. Las limitaciones impuestas fueron en aumento a medida que pasó el tiempo, convirtiéndose el miedo en el mejor motor de una autodestrucción que abarcó diversas facetas y que derivó —finalmente— en una larga depresión.

Gracias a incontables sesiones de diván y al cariño de los que me soportaron (incluido el de esos padres que, en efecto, me quisieron siempre y a pesar de todo), salí de la peor etapa de mi vida. Trabajo ahora en ajustar mi concepción de lo que las cosas son, ampliando a tropiezos mi zona de confort. Soy, en muchos sentidos, una viejísima recién nacida: chapoteo en charcos sucios, retozo en mierda. Bienvenidos, pues, a una vulgar exhibición de lo pueril.