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No es ningún secreto que hace poco superé el último de mis episodios depresivos (el más intenso hasta ahora, aunque no el más largo). Después de leer ‘El Demonio de la Depresión’, de Andrew Solomon, me sobrevino un deseo agudo de describir con detenimiento mi cotidianeidad durante los meses grises, pero no lo haré en este post. Lo que haré en este post será hablar sobre un personaje fundamental sin el que yo, desde luego, no habría sobrevivido: el acompañante. Mi acompañante se llama Claudia y hoy, por cierto, es su cumpleaños.

Hace tiempo recibí un mensaje de un desconocido que, angustiado, pedía a gritos un atisbo de orientación. Su novia se estaba medicando y tendía a un férreo aislamiento que imposibilitaba cualquier aproximación. El amor que detecté en sus palabras me produjo una ternura tal que éstas quedaron grabadas en algún lugar de mi cerebro. A ellas he vuelto muchas noches, consciente de lo doloroso que resulta ver a alguien cercano marchitarse sin poder hacer nada para evitarlo.

Lo primero que tengo que decir es que la depresión es una experiencia personalísima e intransferible, subjetiva, devastadora y cruel (siempre íntima, siempre sólo tuya). En bastantes casos, el aislamiento no es un mero síntoma, sino la columna que vertebra la dolencia. Me extenderé en un texto futuro, pero, para resumir, comentaré que —en ella— percibes a los demás como extraños habitantes de una realidad ajena a ti. El Otro se funde en una masa uniforme e incolora que no entiende de jerarquías o preferencias individuales; una masa con la que no te identificas y en la que no consigues penetrar. Sobra aclarar que establecer un puente con alguien sometido a ese estado de radical desconexión es, cuando menos, difícil.

Lo segundo que tengo que decir es que nadie nace preparado para (ni está obligado a) convertirse en acompañante. La información que se maneja sobre salud psicoafectiva y mental es, en general, deficiente: ni el enfermo sabe explicar lo que le está ocurriendo ni se le suele comprender cuando trata de hacerlo. Se requiere un gran conocimiento del mapa emocional de la persona para adivinar sus necesidades y respetar sus ritmos, y —sobre todo— una enorme voluntad para decidir quedarse (sorpresa: no somos colegas entretenidos). También hay quien, a pesar de ansiar estar presente, no cuenta con características favorables para soportar (o hacer más soportable) el trance. Tengo buenas amigas (maravillosas todas ellas) con las que no logro sentirme bien en esos momentos. Sé que me quieren y ellas saben que las quiero, pero el lenguaje en el que se desarrolla nuestra amistad no funciona igual dentro del marco depresivo. Nunca se nos ocurriría reprocharnos nada, claro; son periodos en los que, simplemente, nos distanciamos.

Lucía Berlín incluía en sus relatos la figura de su hermana menor, enferma de cáncer. Dado que esta última —en fase terminal— rechazaba su compañía, la escritora optaba por cantar desde la habitación contigua (con el único fin de que la oyera). Cuando yo era pequeña, acostumbraba a comunicarme con mi madre a través de la pared. Antes de dormir, daba un par de toquecitos que ella respondía siempre, generándose entre nosotras un código que utilizamos durante años. Aquello me procuraba singular alivio y me sirve ahora para ilustrar el tipo de relación que me aporta consuelo: una suerte de soledad custodiada. El acompañante ideal está sin que se le note, tolera tu silencio y tu vulnerabilidad sin angustiarse, nunca te presiona para que aceleres y confía en que saldrás adelante. Esto es importante, porque si algo destacaría de la actitud que mantuvo Claudia es su fe inalterable en que aquello pasaría. Fue mi faro: no se movía, no emitía frases motivacionales ni cuestionaba los porqués; se limitó a esperar a que llegara, proyectando intermitentes haces de luz.

Detesto idealizar parte alguna del tormento. No obstante, una vez atravesado este desierto (desconozco si habrá más), me atrevo a valorar la singularidad del vínculo que se crea entre quienes se meten contigo en esas zonas y tú.

Felicidades y mil gracias, Claude.


claudia

22 Responses to “Mi acompañante”

  1. Casilda

    Pero qué bonito!

  2. Mia

    Bello 🙂 todo un mérito para ambas. De mayor quiero ser como ella.

  3. Isabel.Echevarria

    Bravo! Un maravilloso agradecimiento y un gran relato.

  4. Juan

    A mi me gustaría también serlo.

  5. Irene

    Lagrimita

    • Bárbara Arena

      Tu dirección de mail es lo mejor que me ha pasado. No sé quién eres, pero te quiero mazo.

  6. Otto

    Soy psicólogo. He conocido personas con depresión durante años y poquísimas veces he visto una descripción tan bonita y tan precisa del acompañante. He visto acompañantes maravillosos y siempre, siempre trato de aprender de ellos. Gracias por compartir esto.

    • Bárbara Arena

      Qué bonito comentario, muchas gracias por tomarte el tiempo de escribirlo. Seguro que tus pacientes te adoran. Un beso fuerte.

  7. carlos

    ¡Qué acierto la descripción del faro y del lenguaje necesario para la comunicación en cada escenario! Gracias por escribir.

  8. Ana

    Qué pasada, de verdad!!

  9. Maria Nuñez

    Que bueno tener esa suerte de acompañantes cuando el barco navega en soledad. Besos

  10. Maria Cano

    Tienes frases para enmarcar.

  11. virgenyfurioso

    Una descripción brillante y terapéutica de leer. Gracias.

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