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Vi ‘Manchester by the Sea’ en la sesión de tarde de mi cine de siempre, un día antes de la entrega de los Oscar. La película me encantó. Como sabía poco del escándalo en el que está metido Casey Affleck, disfruté de su actuación sin demasiados reparos. De hecho, me pareció brillante, así que a una parte de mí no le disgustó que se llevara el premio la noche siguiente. Tampoco me quedé contenta, ojo. Me noté extraña, incómoda, con la sensación de que, una vez allí, no era injusto que la academia valorara exclusivamente su trabajo, consciente —por otro lado— de lo preocupante que resulta que hombres de su perfil lleguen a peldaños tan altos de la escalera. Me hallé sumida en la confusión a la que obliga la simultaneidad de planos y en la que con frecuencia navego en estos tiempos de transición: mi voluntad de mantener un criterio independiente sin abandonar a mis hermanas, mi deseo de no simplificar y abarcar lo máximo posible, mis propias tendencias problemáticas, mi inclinación hacia un tipo concreto de hombre, mi incapacidad para estar tranquila en la dicotomía bueno/malo… Todo ello sobre la mesa.

Vi el tercer capítulo de la sexta temporada de Girls horas antes de enfrentarme a ‘Manchester by the Sea’. A posteriori me maravilló, como tantas otras veces en mi vida, la cuestión del timing, porque el episodio gira, precisamente, en torno al análisis que un célebre escritor y Hannah hacen de las acusaciones de acoso sexual vertidas sobre él. La conversación se produce en un contexto ajeno al resto de la serie (un contexto teatral, casi onírico) y refleja el debate que cualquier chica de Tumblr mantendría hoy, tras una toma de conciencia feminista, con un señor antaño admirado. Es probable que lo más relevante del capítulo sea el tema de la propia discusión: las zonas grises del consentimiento, el espectro existente entre el SÍ y el NO y los infinitos factores que a menudo conducen a una mujer a anteponer la voluntad del otro a sus deseos. No obstante, lo que a mí me afectó a nivel personal (y me afectó mucho) fue ver en Hannah las fluctuaciones internas que, día a día, detecto en mí. Y es que ése es el regalo que nos hace Lena Dunham: un retrato de la contradicción.

Una chica nacida, crecida y educada en patriarcado no puede estar libre de conflicto. Si, además, esa chica padece trastornos afectivos arraigados, la disociación entre lo que piensa y lo que siente es insoportable. Leer a Simone de Beauvoir no erradica la dependencia de la mirada validante, ésa que detestas pero necesitas para confirmarte con derecho a ser. Cuando Hannah se dirige al apartamento del escritor, se acicala ante el espejo. Sonríe después de cada halago. Avanza y retrocede, cae y se reposiciona, enredándose hasta el clímax. Es inteligente. Es feminista. ¿Y qué? La emancipación es un ideal; la coherencia, una aspiración. Pero la fuerza del episodio no radica sólo en que la mujer sea un ente poliédrico, sino en que el hombre también lo es. Ocurrido ya todo lo ocurrible, Hannah contempla a Chuck Palmer desde la distancia. Se trata de un padre cariñoso, un intelectual de referencia, un adulto carismático, complejo y fascinante. De la mano de Hannah recorremos el camino de la humanización: nos ponemos frente a Casey Affleck, con su atractivo oscuro, frente a Woody Allen, Roman Polanski y Phillip Roth; frente a ese otro que es nuestro compañero y enemigo, amante, novio, maestro, guía, padre, juez y cuidador; ese otro a quien odiamos y adoramos, a quien ansiamos perdonar y salvar; ese otro que nunca es sólo un agresor. La escena final, el cierre del círculo: efectivamente, Chuck Palmer no es sólo un agresor, pero que no se nos olvide que es un agresor.

5 Responses to “Grey”

  1. Javier

    Coincido. Y no por el continente sino por el contenido. Desde los clásicos (y supongo que antes) el ser humano ha intentado encontrar el lugar exacto en el que dibujar esas lineas rojas que separen y delimiten el “bien” y el “mal”. Como es una tarea destinada al fracaso, nos movemos en un mar de grises que acaba siendo una buena superficie en la que todo se refleja borroso y pesa en muchos casos más la habilidad o el encanto individual que la lectura de los hechos. Y no. Ser un genio en una, o mil, facetas no justifica nada fuera de ellas. Hay actitudes y acciones que no deben ni pueden ser aceptadas. Hay tarjetas rojas. Y el perdón ante esas tarjetas será personal y por tanto dependerá de aquellos que te rodeen, pero no deberíamos tolerar el olvido.

    Me ha encantado el texto. Como de costumbre, gracias.

  2. carlos

    Triángulo Víctima-Agresor-Salvador. Si estás atenta puedes detectar cuándo se te activa cada parte de ti, reflexionar una eternidad en un segundo, y salir del triángulo como protagonista.

    Un artículo muy fino. Gracias por escribir.

  3. Ana

    Qué puta casualidad que te den la razón dos tíos, eh.

    • Bárbara Arena

      Entre tuiter, facebook y el mail he recibido unos treinta mensajes de mujeres que aseguraban haberse sentido igual viendo el capítulo. No se trata de tener razón porque el artículo no va de razones: pretendía explicar las contradicciones que a menudo nos atormentan, nada más. El final deja bastante claro lo que opino. Un beso.

  4. María

    Yo coincido contigo, aunque por estas cosas prefiero no saber la vida de muchxs famosxs. Admirar el trabajo de alguien cuando tiene esos antecedentes es muy difícil, pero desgraciadamente, si nos dejásemos llevar por eso casi nadie sería digno de admiración.
    Para alguien que haya sido víctima tiene que ser muy difícil ver cómo premian a alguien que abusó de él o ella, ya sea actor, pintor(x), etc.
    Ojalá no tuviésemos que escribir sobre estas cosas porque ojalá no pasasen.

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