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Hace una semana la policía encontraba en las inmediaciones de una feria malagueña a una mujer llorando. Tras mantener una conversación, la susodicha aseguraba haber sido violada por cinco jóvenes que fueron rápidamente detenidos. El alcalde de la ciudad relativizaba el hecho supuestamente acaecido, aduciendo que «estos sucesos ocurren en nuestro país con más frecuencia de la que pensamos». Las redes ardían (porque las redes arden, igual que el corcho flota) antes de que la juez responsable decidiera archivar la causa. Twitter se enzarzaba entonces en una guerra que adquirió tintes bochornosos, interesantes —sin embargo— por su carácter revelador. Sobra decir que el debate nada tuvo que ver con la información original y que, si pretendemos comprender los infinitos matices de los muchos asuntos que surgieron, debemos avanzar poco a poco.

Comencemos echando un vistazo a la noticia que desencadenó la locura: la magistrada encargada del caso decretaba el sobreseimiento provisional del mismo; los muchachos quedaban en libertad sin cargos y anunciaban su intención de querellarse. Aunque sólo sea para favorecer el diálogo, me gustaría establecer una base  tan simple como que el Estado de derecho funciona. No obstante (y por desgracia), se trata de una premisa discutible. Expertos describían hace meses el terrible panorama que depara a una mujer violada: «La dificultad de los procesos por violación estriba en aspectos difícilmente evitables, como el hecho de que estos delitos se suelan llevar a cabo bajo amenaza y sin dejar lesiones graves. (…) “Los agresores juegan con un elemento clave, el consentimiento. ¿Cómo demuestras que no ha sido consentido, si las lesiones no son brutales? La actividad probatoria es dificilísima”». Estas palabras demandan que prestemos seria atención a resoluciones como la que hoy nos ocupa. Además, abren la puerta a una reflexión necesaria sobre la escala de grises comprendida entre un consentimiento explícito y una negativa. Recordemos que la ausencia del “no” no significa “sí”. Dada su complejidad, aparcaremos momentáneamente este punto.

Convenido que confiar ciegamente en el Estado de derecho es —cuando menos— optimista, fijémonos en los detalles de este caso particular. Los medios publicaban que uno de los encausados grabó el encuentro sexual y que «tanto la fiscalía como el propio abogado de la víctima consideraron, tras ver el vídeo del acto e interrogar a un grupo de testigos, que la denuncia de la joven apenas se sostenía». A partir de aquí, nos toca deducir y concluir con precaución. Deduzco que, tratándose de un caso mediático, los profesionales implicados ejercieron su labor con excepcional cuidado. Concluyo, por tanto, que las imágenes eran lo suficientemente esclarecedoras como para que la juez optara por no prolongar la investigación. Por último; espero que el material no sólo permitiera pensar que la chica no sufrió lo que en el marco jurídico actual se entiende como una violación, sino que no dejase lugar a dudas de que la relaciones fueron plenamente consentidas. De lo contrario, estaríamos ante un escándalo.

La decisión de la magistrada despertaba múltiples protestas. Otras voces señalaban la existencia de un corporativismo feminista que impediría a las mujeres reconocer la realidad. Concédaseme el privilegio de resumir cuál es esa realidad: el año pasado se cometieron en España 1.298 violaciones, las denuncias no llegan al veinte por ciento de los casos, en los procesos se culpabiliza a las víctimas y los acusados raramente son condenados. Teniendo en cuenta el mapa completo, parece razonable cuestionar lo sucedido. Dicho esto, el rápido sobreseimiento de la causa sólo es justificable si no cabe duda de que la chica mintió. El Código penal regula el delito de acusación y denuncia falsa y desde aquí insto a la fiscalía a que emprenda las medidas legales oportunas. Si el sistema está seguro de su postura, ha de servirse de los recursos de los que dispone para actuar en consecuencia. Punto.

Distanciémonos ahora del barullo. Apartémonos de los juzgados, ignoremos los periódicos, obviemos las peleas y dediquemos unos segundos al llanto de nuestra protagonista. Observemos al sujeto como lo haría un antropólogo cultural perteneciente a una sociedad ajena y seamos fríos, pues sólo siendo fríos se aceptará la frase que voy a escribir: las lágrimas de la joven tienen un interés sustancial mayor si, de hecho, la violación no se produjo. ¿Qué llevaría a una mujer que acaba de satisfacer sus deseos a llorar desconsolada y mentir a las autoridades? Se me ocurren diversas respuestas, todas con idéntico común denominador. Adelanto que su llanto es la huella visible de un problema estructural que trasciende el hecho concreto y que nos invita a seguir inquiriendo, incluso cuando el tema está oficialmente zanjado.

Se calcula que el porcentaje de denuncias falsas por violación oscila entre un dos y un ocho por ciento. Una denuncia falsa no mermaría la gravedad de la situación que el otro día se reflejaba en las redes. Es de esa situación de la que quiero hablaros: de los espacios públicos, de la Cultura de la violación, de la impunidad, de los absurdos consejos del Ministerio del Interior, de los grises comprendidos entre un consentimiento explícito y una negativa, de lo que pasa cuando tu sexo es el segundo, cuando eres la alteridad y creces sometida a necios que se niegan a validar tus experiencias. De eso es de lo que quiero hablaros, pero no todavía. Termino destacando que algunos llamaron “guarra” y  “puta” a la chica de Málaga. Los que así lo hicieron no la insultaban por mentir, la insultaban por follar. Sirva este post de mera introducción.

7 Responses to “For dummies: primera parte”

  1. Leticia IM

    Magnífica !

  2. Marta

    Gracias por este artículo, de verdad. Espero con impaciencia la continuación.

  3. Pascu

    Merece una columna en El Mundo.
    Genial !!

  4. Gabster

    Parto de la base que el problema es la banalización de algo como el sexo, que para algunas personas es un acto íntimo, que roza lo espiritual y para otras no es más que un mero pasatiempo sin más imrrotancia que una diversión física. Y no es algo malo, tanto lo uno como lo otro. El problema viene cuando crees que a ti ese hecho físico no te afecta y una vez concluido llega el sentimiento de culpa, la sensación de haber entregado algo a la ligera a quien no se lo merece. Pues resulta que sí que te afecta, y más de lo que parece. Algunos lo llamaron tedium post coitum, añádele algo de resaca me aventuro yo. Y esas lágrimas maquillan la vergüenza, la sensación de suciedad y de bajeza. Lágrimas que actúan como bálsamo cuando te ahoga la realidad. Lágrimas que hacen olvidar el calentón, el tonteo, el placer de sentirte llena sexualmente durante unos minutos. Olvidas el sudor y los orgasmos. Olvidas lo que quisiste
    Y esas lágrimas culpan a unos muchachos, que fácil es decir que son unos salidos, que quizás te han dado lo que has querido que no era más que placer consentido. Y entonces les culpamos a ellos. A veces, es fácil ser mujer y abusamos de nuestra posición de debilidad.
    ¿Tanto cuesta decir que nos gusta el sexo? ¿Pasa algo por decir que te gusta montártelo con 5 a la vez? No pasa nada, hasta que lo convertimos en algo malo.
    PD: Enhorabuena por el post

  5. Alejo

    Genia! Luz en un poco de esta oscuridad medieval!

  6. Admirador

    Me ha gustado mucho como profundizas en la noticia y observas con sensibilidad aspectos menos evidentes.También me ha gustado mucho tu rebeldía. Está como siempre muy bien escrito.

  7. El silencio estructural | Opino Sobre cosas

    […] subir mi último post, recibí varios correos de desconocidas que manifestaban no haber sido capaces de verbalizar una […]

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