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Simone de Beauvoir ya explicó en detalle lo que supone para la mujer crecer como alteridad y llama la atención que, sesenta y cinco años después de la publicación de ‘El segundo sexo’, sus palabras sean tan necesarias como lo fueron entonces. Quizás eso ilustre, precisamente, lo que implica nacer en el bando perdedor: tener que repetir tu mensaje para que éste sea escuchado y luchar para conseguir lo que otros obtienen por el mero hecho de existir. Eso en el mejor de los casos. En el peor: morir sin haber tomado conciencia de tu condición. Recuerdo vagamente aquel tráiler de la película ‘Django desencadenado’ en el que alguien se preguntaba por qué los esclavos no se rebelaron. La única respuesta que se me ocurre es que la mayoría ni siquiera contemplaba esa posibilidad. No pretendo comparar aquel padecimiento con el nuestro, por supuesto, pero sí plantear un hecho que nos invita a examinar el papel que a diario desempeñamos: en el marco de un sistema que favorece la naturalización de roles socialmente asignados, la opresión alcanza su cénit cuando ni sometido ni opresor se reconocen como tales.

Tras subir mi último post, recibí varios correos de desconocidas que manifestaban no haber sido capaces de verbalizar una negativa explícita ante presiones de carácter sexual. A pesar de haber sido “empujadas” a satisfacer deseos que no compartían, ninguna se consideraba víctima de una violación. Es decir: no habían querido mantener relaciones sexuales que acabaron manteniendo y no disfrutaron ni antes ni durante ni después, y sin embargo permanecieron calladas, llegando —incluso— a fingir placer (razón por la cual se culpaban de un suceso que las atormentaba hasta el punto de necesitar ponerse en contacto conmigo). Recordé entonces las veces que yo había sentido similar incapacidad para protestar, o, mejor dicho, similar incapacidad para creerme en el derecho de protestar. Hablo de esa incomodidad compleja, de cabeza gacha o educada sonrisa, que no sólo se da en un contexto sexual, sino que aparece cada vez que soportamos miradas indiscretas, comentarios en plena calle, bromas ofensivas y actitudes condescendientes; todo ello sin rechistar. Lejos de probar la ausencia de problemas, silencios como éste denuncian la magnitud de los mismos.

En su intento de comprender la mente de los oficiales nazis que siguieron instrucciones sin mayor reticencia, nombres como Hanna Arendt o Stanley Milgram señalaron la «extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad». Múltiples estudios han demostrado que, frente a la influencia de una figura percibida como lo suficientemente fuerte, se produce una instrumentalización del propio ser en pos de la obediencia al otro. Que diversas mujeres sufran idéntico retraimiento ante determinadas situaciones sólo puede deberse a que identifican en el hombre elementos de autoridad. Y es que las bases del encuentro entre cualquier chico y cualquier chica se acordaron mucho antes de que ambos nacieran, en un contrato primigenio renovado a lo largo de los siglos, tan interiorizado ahora que —en un escenario de supuesta igualdad— se presenta a través de proyecciones en lugar de palabras. Así pues; es probable que el hombre ejerza su poder de manera inconsciente, lo que dificulta que detecte y reconozca su responsabilidad. Dicha posición alimenta que la mujer dude de la legitimidad de su protesta, perpetuándose hasta el infinito la dinámica conflictiva. Concluyamos lo obvio: que el derecho del hombre a eludir su responsabilidad prime sobre el derecho de la mujer a exigirla evidencia que nuestro sistema es “vertebralmente” patriarcal. De hecho, revela que la opresión adopta formas más complicadas de corregir a medida que Occidente avanza en el sentido deseado.

Un hombre no es culpable de haber nacido hombre, pero sí de negarse a tomar conciencia de lo que eso implica. Sobre el papel, la solución al entuerto es sencilla: basta con entender que el sentimiento de la mujer es legítimo en sí mismo. No obstante, crecer como alteridad supone depender de la validación ajena y requerir de la colaboración del privilegiado para erradicar la limitación que el privilegiado impone. Por desgracia, esa colaboración apenas se concede. Al revés: se nos regaña por amenazar las reglas estipuladas (reglas que establecen que toda interacción es un intercambio, que ellos se dirigen a nosotras para obtener lo único que podemos ofrecer y que si nosotras permitimos que nos dediquen tiempo es porque pretendemos entregárselo) y se nos obliga a asumir la inconveniencia de los finales alternativos. Debemos aceptar que  tratar a un hombre como amigo es una ofensa y que nos perjudica ofender al juez. Hemos de agradecer la atención y complacer a quien se digne a prestárnosla, pues a qué otra cosa podríamos aspirar que a su deseo. Permanecer calladas. Llegar —incluso— a fingir placer. Desterrar la negativa explícita y censurar el NO que nos confirmaría como personas libres e iguales. En definitiva: se nos exige contribuir a la construcción de nuestra cárcel mientras el piropo brota de los labios del carcelero.

15 Responses to “El silencio estructural”

  1. MG

    Bravo.

  2. PBS

    Muy bueno Barbara!
    No se si es mera coincidencia, pero ha llegado a mi un discurso de Emma Watson ante la ONU en defensa de la mujer y sobre todo reivindicando la responsabilidad de los varones ante la desigualdad de sexos. Me ha parecido digno de oir y de compartir: http://youtu.be/rymHYhlbBmw

  3. Félix

    Precisamente el feminismo actual adolece de un grave error: Las mujeres nos son una minoría oprimida porque no son una minoría. Su sometimiento sólo es posible gracias a su tácita colaboración.

    Por eso la labor principal no ha de ser de reivindicación, sino de educación. El modelo no ha de ser Martin Luther King, sino Ghandi.

  4. Alba

    Bravo, bravo.

  5. cbcb

    Bárbara, hablas de “nacer en el bando perdedor”, pero ¿qué opinas de esta cita de la autora a la que mencionas? «On ne naît pas femme : on le devient. » ¿Crees que ese proceso evolutivo que lleva a “convertirse” en mujer está correlacionado con la influencia -ni mala ni buena, partamos de términos abstractos- que el hombre tiene en la mujer? En tal caso, ¿sería una correlación positiva o negativa? Muchas preguntas…

  6. carlos

    Gracias por escribir y gracias por intentar despertar conciencias y ánimos aletargados. En mi opinión la alteridad de la mujer no exige la validación del hombre, de hecho con tu mismo artículo lo demuestras, y yo con este comentario te doy la razón al validarte. Quizá es reciprocidad, tú escribiste antes.

  7. Elizabet

    Leí qué el colmo del feminismo es que se respete más a un hombre feminista, que a las mujeres.
    Este texto hace mucho sentido por que nosotras podemos ya no prestar atención a los hombres y de ese modo, quizás se ven obligados a cambiar sus conductas , evaluar su pensar, y su condición dentro de la sociedad llenos de privilegios que nosotras perpetuamos, en busca de la aprobación de este ser mejor posicionado, tal vez si ya no nos importa esta absurda validación no se sí ellos cambien, pero ya no tendrían poder sobre nosotras!

  8. Rocío

    Me encanta cómo piensas, cómo escribes y cómo escribes sobre lo que piensas…Sigue haciéndolo por favor, no te pierdas en el intricado mundo de las redes sociales y regálanos maravillosos “posts” más a menudo… Creo que tienes muchísimo talento ¡compártelo con tus lectores!!!

    • Bárbara Arena

      ¡Muchísimas gracias! Tienes toda la razón en lo de perderse en las redes sociales. Ahora estoy haciendo un esfuerzo muy grande para perder menos tiempo y escribir más, porque me gustaría publicar en papel. Un beso enorme. 🙂

  9. Pablo EK

    En primer lugar, darte la enhorabuena por hacer un gran artículo que está genialmente escrito. En segundo lugar, quería manifestarte mi opinión. Coincidiendo en parte con escritores como Lev Tólstoi, en concreto en su novela “Sonata a Kreutzer” y su ensayo “Relaciones Conyugales”, tengo la firme convicción de que la humillante situación actual de la mujer estriba en el hecho de considerarlas como meros objetos sexuales; es bastante corriente las numerosas imágenes, películas y demás fuentes de ocio y cultura en las que se hipersexualiza a las mujeres de manera casi pervertida . Por otro lado, numerosas feministas, o al menos eso se hacen llamar, defienden el libertinaje sexual además de las prácticas posteriores que son consecuencia de tales hábitos, lo cual no hace sino empeorar su situación, pues la educación de la mujer corresponde al concepto que la sociedad en su conjunto tenga de ella, de tal manera que una chica que ha sido criada en determinadas circunstancias estará inclinada a tener ciertos hábitos y opiniones fruto del medio. En definitiva, la circunstancia de la mujer cambiará en la medida en que: 1) El hombre deje de considerarla como un objeto destinado a su propio placer, que provoca una relación de dependencia-dominio entre ambos sexos, 2) Las mujeres acepten su condición, es decir, su naturaleza (más en concreto la reproductiva), 3) Las relaciones sexuales se vuelvan más sinceras, limpias y conscientes. Por último, señalar que no me he querido explayar demasiado en el primer punto de la conclusión, y que prefiero que, si te apetece, lo leas por ti misma en “Sonata a Kreutzer” (Tolstoi no está certero en todo el libro porque , en mi opinión, lo lleva al extremo, pero hay algunas partes en las que se encuentra lúcido y acertado de manera sorprendente).

  10. Pablo EK

    En primer lugar, darte la enhorabuena por hacer un gran artículo que está genialmente escrito. En segundo lugar, quería manifestarte mi opinión. Coincidiendo en parte con escritores como Lev Tólstoi, en concreto en su novela “Sonata a Kreutzer” y su ensayo “Relaciones Conyugales”, tengo la firme convicción de que la humillante situación actual de la mujer estriba en el hecho de considerarlas como meros objetos sexuales; es bastante corriente las numerosas imágenes, películas y demás fuentes de ocio y cultura en las que se hipersexualiza a las mujeres de manera casi pervertida . Por otro lado, numerosas feministas, o al menos eso se hacen llamar, defienden el libertinaje sexual además de las prácticas posteriores que son consecuencia de tales hábitos, lo cual no hace sino empeorar su situación, pues la educación de la mujer corresponde al concepto que la sociedad en su conjunto tenga de ella, de tal manera que una chica que ha sido criada en determinadas circunstancias estará inclinada a tener ciertos hábitos y opiniones fruto del medio.

  11. Pablo EK

    En definitiva, la circunstancia de la mujer cambiará en la medida en que: 1) El hombre deje de considerarla como un objeto destinado a su propio placer, que provoca una relación de dependencia-dominio entre ambos sexos, 2) Las mujeres acepten su condición, es decir, su naturaleza (más en concreto la reproductiva), 3) Las relaciones sexuales se vuelvan más sinceras, limpias y conscientes. Por último, señalar que no me he querido explayar demasiado en el primer punto de la conclusión, y que prefiero que, si te apetece, lo leas por ti misma en “Sonata a Kreutzer” (Tolstoi no está certero en todo el libro porque , en mi opinión, lo lleva al extremo, pero hay algunas partes en las que se encuentra lúcido y acertado de manera sorprendente).

  12. Noelia

    Creo que eres una persona que escribe con garra y es fantástico.

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