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Si no es fácil hablar del tonto al que pretendo describir es porque adopta numerosas formas. Lo primero que diré es que está condenado a desempeñar un papel cruel: posee la inteligencia justa, pero no la suficiente . Lo segundo que haré es admitir que despliega con bastante acierto su grandilocuente mediocridad. Nuestro protagonista cuenta con herramientas sofisticadas y dedica un considerable esfuerzo a explotar su escaso potencial: nadie pone más empeño que él en parecer lo que no es.

Una parte relevante de la construcción de cualquier identidad se produce accidentalmente. Nuestras características se desarrollan en interacción con el entorno y es así como la mayoría interiorizamos y generamos la información que moldea nuestra personalidad. A partir de una edad, exploramos hambrientos un mundo que nos asombra, instruyéndonos con la intensidad que demanda nuestra inquietud. En casos como el del idiota, este proceso parece más trabajoso que natural: motivado por objetivos en lugar de intereses, se apropia de una cultura que nos pertenece a todos. Por desgracia, los elevados conocimientos que elige adquirir no sustentan la estructura de su visión: en vez de permear, se acumulan en la superficie a modo de disfraz o exótico plumaje. La erudición (y lo que ella trae consigo) le proporciona la seguridad que necesita, convirtiéndose en la armadura perfecta para reivindicarse en sociedad.

Aunque nuestro tonto jamás supera los complejos adolescentes, no hay vestigios del niño que en algún momento fue. Carece de talento, carisma, sensibilidad e imaginación; la belleza no le conmueve y el misterio no le atrae. No existe duda alguna que empuje su búsqueda. Se permite, no obstante, altas dosis de prepotencia. Desprecia la ignorancia, pero también los intentos del ignorante de dejar de serlo. Y es que en la crítica encuentra un recurso para infundir respeto. Con independencia del valor real de su criterio, impone su autoridad a golpe de sentencia. Cuanto más amenazado se siente por lo que no consigue comprender, más violenta es su manera de defenderse. Lo único infantil que sobrevive en él es, precisamente, el miedo: un miedo atroz a errar y exponer su inevitable patetismo.

El planeta está repleto de estos ciegos. Son los que pasan más tiempo leyendo la descripción que mirando el cuadro, los que se aprenden cada una de las fechas y atesoran datos; los que imitan y repiten pero no aportan. Se instalan en el terreno de lo aceptado: desde sus pedestales confeccionan discursos con referencias a palabras de otros y seleccionan etiquetas para legitimar posturas, desconfían de lo que no ha sido previamente validado y perpetúan el sistema que protege su posición. Disfrutan poco de las obras que consumen, ocupados en ratificar su opinión de sí mismos. Lo saben todo, pero nunca entienden nada. Son, en resumen, unos grandes privilegiados: viven sin enterarse del verdadero alcance de su limitación.

 

 

 

 

9 Responses to “El mejor imbécil”

  1. wificola

    Un único pero: en algún momento el texto es demasiado agresivo. Si fuese un poco más sosegado estaríamos leyendo pura cátedra.

  2. Alba

    Bravísimo

  3. incom_leta

    Tan verdad que duele.

  4. La referencia hasta la náusea | Desde Gotham City

    […] más cultura que tú, porque puedo hacer más referencias”. De algo parecido hablaba Bárbara Arena hace pocos días, cito de memoria: “Aquellos que se detienen en la descripción y no en el […]

  5. Poeta tocateta

    Chapó. Como la vida misma.

  6. Javier

    Respect!!

    Me estaba gustando, hasta que me he empezado a ver reflejado… 😉

    Fuera bromas, me da la impresión de que ese “El planeta está repleto de estos ciegos” del que hablas nos empuja, a unos más y a otros menos, a ese incremento de plumaje. Es todo tan rápido (y tan sinsentido) que, salvo en contadas ocasiones, no nos tomamos el tiempo suficiente para valorar a aquel que se ha preocupado más por pintar su habitación que su coche. Y así, poco a poco, todos nos vamos volviendo más privilegiados, todos perdemos.

    Gracias por el texto.

  7. carlos risu

    Oh, yeah. Los imbéciles te roban el tiempo, ya lo sabían los griegos. (Yo tampoco soy partidario de ignorarlos).

  8. oh_fuckyea

    <3

  9. Miguel Merino

    Magnífico. Yo a veces soy ese idiota. Estilísticamente me ha recordado al Cioran de «Breviario de podredumbre». Un placer.

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