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Sometida como siempre he estado a esa ignorancia supina de la que internet me obliga a ser consciente, en 2013 no sabía nada de Felicidad Blanc ni de su peculiar familia. Por entonces, lo único que había oído yo de los Panero era una referencia a Michi, el hermano pequeño, en aquella canción de Nacho Vegas que a mis amigas y a mí nos divertía tararear. Bien es cierto que ser inculta tiene sus ventajas, porque dudo que hubiese disfrutado igual de la película de haber intuido lo que iba a encontrarme. Tanto me gustó que, en cuanto la terminé, sentí el impulso inmediato de hablar sobre ella (particularmente fascinada con el personaje de la madre, a quien consideré protagonista absoluta de la historia). No hallé a nadie con quien hacerlo. Quise entonces escribir al respecto, pero me frenó la sensación de que comentar ese tipo de obra era un derecho reservado a señores instalados en un lugar al que ya llegaba tarde. En cualquier caso, nadie podría quitarme el placer de verla de nuevo, así que dediqué los momentos aburridos de ese verano a repasar videos y leer poemas, convirtiendo la experiencia (o la obsesión) #desencanto en una parcelita en la que entretenerme sola.

Viajé de nuevo a esa parcela cuando, hace semanas, Facebook reflotó en mi muro una imagen de Felicidad Blanc. Su elegantísimo atuendo y su pelo blanco me recordaron a los de mi abuela paterna, ya fallecida. Ella también tenía la clase de inteligencia que se aprecia con el tiempo y una historia personal supeditada a la de los hombres de su vida. Es curioso: mi abuela apenas nos hablaba de la guerra, de sus muertos, de la posguerra, de la dictadura o de la transición, pero su carácter concreto me sirvió de reflejo de una época que aún vertebra el imaginario que configura mi identidad. Algo similar me ocurre frente a ‘El Desencanto’: mi presente entra en contacto con un pasado del que todavía bebe y que identifica como propio, parte de sí. Desconozco si se trata de una impresión predominante o exclusivamente mía; al fin y al cabo, no hay una España sino dos, y cuatro frases bastan para detectar en los Panero el lenguaje de la mitad a la que yo pertenezco. Son, a todos los efectos, la rama jodida de la familia bien cuya honestidad militante incomoda en la cena de Nochebuena. Supongo que en esa simultaneidad radica el atractivo: por un lado, percibo códigos reconocibles; por otro, el histrionismo de las individualidades me ofrece una ilusión de escapatoria del clima intelectualmente opresivo que caracteriza al entorno en el que me he criado. Además, y con independencia del contexto, los Panero se dedican a la literatura y se literaturizan; son literatura (o eso creen), y la literatura es un refugio en el que me siento en casa.

Me puse la película el mismo día que Facebook me la recordó. Volví a desear casarme con Michi y matar a Juan Luis, besarles; ser ellos. La mayoría de espectadores sentenciarán que es Leopoldo María quien se lleva el gato al agua. No discrepo: su carisma torrencial y su provocadora irreverencia iluminan, acaparan, cautivan, contaminan… Sus palabras están dotadas de un poder hipnótico, mesiánico; he wants to be adored y uno sucumbe y adora, incluso si es capaz de advertir que cada truco dialéctico disimula la humillante desnudez de un simple cómico. Porque, en el fondo, los Panero no son más que eso: tres payasos (…y sus buenos poemas, añagazas de fin de juerga, para retenernos). Por eso urge reivindicar el papel de quien ejerce de soporte en la perpetua mitificación: Felicidad Blanc. Destaca, fundamentalmente, el lazo que la une a Leopoldo María. El hijo secuestra la atención de la madre tanto como la mirada de la madre activa los mecanismos del hijo. De hecho, es la tensión entre los dos —sutil, casi romántica, sadomasoquista— la que, a mi juicio, sirve de eje y conducto, centro de la narrativa. Felicidad es esclava y a la vez señora de la egolatría de Leopoldo, una que ambos alimenta y que a ambos define.

Siempre me han interesado las dinámicas de poder/autoridad/protección que se dan en el seno de las familias, sobre todo si éstas son numerosas y sus integrantes mantienen una relación estrecha. Con los miembros de la mía, por ejemplo, me peleé hace bien poco en una escena que —a golpe de repetirse—parece desarrollarse por inercia, sin necesidad de que nosotros participemos más que como actores poseídos por la inevitabilidad de lo que ha de ser. Los Panero no se libran: sus extravagancias dan color a un entramado solidísimo de vínculos emocionales que cobra vida a escasos metros de la cámara de Chávarri. Analizaría ad infinitum los celos de Juan Luis, la clarividencia de Michi, las variaciones en las fuerzas de cada uno dependiendo de quién se encuentra presente… Escribiría páginas y páginas sobre la inmutabilidad de los roles. También sobre mi abuela paterna, sobre las mujeres relegadas a un injusto segundo plano, sobre las uniones patológicas, el narcisismo y la inevitable deconstrucción. Too ambitious. Lo único que me apetece ahora es reivindicar las cosas que, un buen día, te apasionan.

12 Responses to “El Desencanto”

  1. Carlos

    Gracias por escribir. Al igual que los Panero, puedes ser literatura viva, de otro modo, y cambiar los roles familiares: que se hagan mutables. Es un modo de madurar el apego transgeneracional, sobre todo de las familias numerosas en un bando concreto, y caminar hacia la libertad-felicidad. Too ambitious but las niñas van cantando sa-la-la-la-la…

  2. Emma

    Los Panero siempre vuelven. Están ahí para mostrarnos muchas cosas.

  3. Juan

    ¡Me ha encantado!
    Tienes una facilidad asombrosa para hacerme disfrutar con tus escritos.
    ¡Sigue así por favor!

  4. Nuria

    ¿Tienes algún enlace al documental? Llevo tiempo buscándolo y sólo he encontrado trozos en youtube, tengo muchas ganas de verlo y más después de leer tus opiniones . Gracias de antemano.

  5. Buarenier

    Me encanta como escribes Bu, siempre que puedo me paso por este (tu) blog para releer tus posts, que son una fuente de enriquecimiento lingüístico y sensibilidad.

  6. Albert

    Acométalo por partes sencillas y autónomas, no se deje abrumar por la perspectiva. Considérelo al menos. No es, obviamente, un consejo para la autora, sino como un ruego como lector: me interesa, claro, el punto de vista de esos que ya llegaron mucho antes que usted, pero tanto o más el de quienes llegan ahora y, por todo lo que cuenta aquí, el suyo en particular.

  7. Fernando Moreno Marcos

    De vez en cuando me paso por aquí y , siempre que te leo , pienso en cuando vendrá tu primera novela …

    • Bárbara Arena

      Muchas gracias. 🙂 Este año me he impuesto escribir mucho, así que espero que haya algo sustancial pronto. Un beso.

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