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Lo que más me entristeció cuando rompí con alguien por primera vez fue el olvido casi inmediato de su olor. Los días posteriores hice un gran esfuerzo por recuperar lo único que me trasladaba a la cama en la que nos habíamos tocado. No siempre fue inútil, pero la dificultad de la empresa aumentó hasta convertirse en un intento desesperado y ridículo de reconstruir algo a partir de la nada. Deduje que su olor debía de componerse, entre otras cosas, de restos de tabaco y café, pero terminé comprendiendo que —aunque su cara y su voz resistirían en mi memoria mucho tiempo— ésa era una parte de él que había perdido sin remedio. Lo que me preocupaba entonces no era la desaparición de aquel hombre de mi vida futura (estaba claro que ya no nos queríamos y que separarnos era lo mejor para ambos), sino la desaparición de aquel hombre de mi vida pasada y —sobre todo— mi propia irrelevancia. La certeza de que él olvidaría mi olor con la misma rapidez con la que yo había olvidado el suyo me dolía con tanta intensidad que todavía hoy queda el reflejo. Supongo que identificaba el recuerdo del olor con el recuerdo de la persona y el recuerdo de la persona con su importancia. También supongo que tenía razón.

Viajé a Méjico hace cuatro años. Uno de mis tíos estaba enfermo e insistimos en visitarle antes de su previsible final. A nuestra llegada, mi prima me recibió con el abrazo excesivo de los parientes a quienes apenas ves, achuchándome el tiempo suficiente para que reconociera a mi abuela sobre su cuello. Porque eso es lo que ocurrió: reconocí, sobre el cuello palpitante de esa anfitriona carente de encanto, a mi abuela muerta (mi abuela y su abuela, sí, pero más mía que de nadie); la misma que hasta hacía poco ofrecía caramelos de violeta, caminaba contando historias bélicas, se reía de los feos y me llevaba a su desván a escoger de entre todos sus libros el que más me apetecía leer. Desconcertada, rechacé el cuerpo de mi prima con el gesto de mayor desprecio que me he permitido jamás. Si bien es cierto que ni las fotos ni los vídeos ni las anécdotas habían conseguido traer de vuelta a mi abuela como lo hizo su perfume, resultó insultante que su perfume se posara en la carne de una semidesconocida que nada se parecía a ella. Confieso no haber perdonado lo que —para mi gusto— fue no sólo una osadía sino la más violenta usurpación, y aunque la ilusión de encarnación, posesión o recuperación no se materializa así como así (ni el olor de alguien se reduce al de un perfume creado para embellecer u ocultar el del propio cuerpo ni hay Giuseppe Baldini capaz de obrar, a golpe de fórmula, el milagro), mi prima decidió ponerse Red Door de Elizabeth Arden por la misma razón que yo, cada mañana, evito hacerlo. El episodio carece de importancia objetiva, pero algo se movió en lo más profundo de mi ser.

Abanderada eterna de la nostalgia, solía entender que la prueba más evidente de la trágica sepultura de nuestra parte animal es la “distrofia” olfativa que parecemos sufrir como especie. Mis ideas han evolucionado desde que profiriera mis críticas adolescentes a los aspectos más impersonales del progreso, pero mantengo la añoranza del salvajismo primigenio que intuyo latente en las entrañas  de la humanidad. Oler al otro (y no me refiero a un oler accidental, sino a cerrar los ojos y aspirar con las fosas nasales pegadas a los poros) es volver al mono: ser el perro que mea para marcar su territorio y que mete el hocico entre dos patas traseras. Una forma de identificación tan sofisticada colma las expectativas más románticas, quizás porque alimenta la cursilísima, tontísima e infantilísima promesa de que cada ser humano es único. Además, implica una manera de amar “militante”. De hecho, creo que lo que a mí me fascina del olor corporal es que, para advertirlo, se debe estar (en la mayoría de los casos) bastante cerca. Algo tan sencillo como familiarizarme hasta ese punto con la piel de una pareja constituyó la victoria improbable de mi lucha contra el miedo a la proximidad. La certeza de que aquel hombre olvidaría mi olor con la misma rapidez con la que yo había olvidado el suyo; la certeza —a fin de cuentas— de que se olvidaría a mí con la misma rapidez con la que yo le estaba olvidando a él, no fue complicada sólo porque se me condenaba a la ya mencionada irrelevancia, sino porque supuso mi primera exposición a la vulgaridad de un evento con el que fantaseé durante mis años de temor: la vida.

Escribía Unamuno que “la mente quiere cuajar en témpanos la corriente fugitiva, quiere fijarla” y concluyo ahora que en eso consistió, precisamente, mi tragicómica obsesión tras el fracaso: la aspiración de grabar, clavar y disecar. La sensación de pérdida se recrudece allí donde no persiste vestigio disponible para el caprichoso disfrute ocasional. En el olvido del olor de aquel novio se hizo realidad el carácter definitivo de su ausencia. Las fotos de mi abuela permanecerán —inmutables y cadavéricas— en los álbumes familiares, pero es en el vacío de lo irrecuperable donde el desgarro encuentra un molde. No importa cuántas veces me bañe en la colonia de mi madre el día que ella muera ni con qué ímpetu previsor me zambulla en la ropa de quien hoy me acompaña: después de experimentar la primera pérdida toma uno conciencia de que, después de cualquier pérdida, nada vuelve a ser igual.

 

 

10 Responses to “And everything in between”

  1. Marta Barroso

    Es de los textos más maravillosas que he leído hace mucho tiempo. Si digo la verdad, siento ese pecado capital que yo aprendí como el sexto, la envidia, en su lado más dulce, al leer todas y cada una de estas palabras que han salido de la mente, maravillosa, de alguien a quien quiero y que me sorprende cada día. A mi edad voy a tener que aprender mucho de ti, Bubi. Enhorabuena de todo corazón

  2. IAa

    Que maravilla barbara. Admiro la generosidad con que trasmites tus sentimientos. Eso es lo que todos deberíamos hacer. Sin duda voy a seguir tu blog. A ver sí se me pega algo! Enhorabuena.

  3. Rorschach

    Excelente.

  4. colchon viscolastico flex

    Es improbable encontrar a gente con conocimientos sobre este mundillo , pero creo que sabes de lo que estás escribiendo. Gracias compartir un articulo como este.
    [url=http://www.duermex.redflex.es/site/colchones-viscolasticos-flex.html]colchon viscolastico flex[/url]

  5. Esperanza

    Muchísimas gracias por escribir.

  6. C

    He de decir que empecé a seguirte no hará mucho porque una amiga hablaba de ti de manera despectiva, me entró la curiosidad y entré en tu TL para ver qué era aquello tan criticable. Me sorprendió, no entendí su actitud, bueno sí, miedo. Dices lo que ella (y muchas) jamás son capaces de decir.

    Esta madrugada, mientras divagaba en busca de algo que me trajera de vuelta el sueño, descubrí este blog y sólo quiero darte las gracias y ánimo para que no dejes de escribir. Tienes la capacidad, que más yo quisiera poseer, para expresar de manera clara y lo más exacta que he podido ver en mucho tiempo, aquellos sentimientos y pensamientos que los más ingenuos creen como exclusivamente suyos, pero que, por desgracia, nos torturan a demasiados.

    Muchas gracias por tus palabras.

  7. exteroceptive

    Hola,
    A riesgo de parecer creepy (o algo que probablemente soy) hoy he vuelto a buscar este post casi a modo de calmante y no he podido resistirme a escribir algo aquí.
    Me encanta leerte. Me flipa lo bien y bonito y exacto que describes cosas que yo misma he intentado poner en palabras mil veces insatisfactoriamente para darme un respiro. Qué difícil conciliar lo de perseguirse a uno mismo y a la vez tener olvidarse y perdonarse para salir al mundo exterior de una vez por todas.
    Un abrazo.

    • Bárbara Arena

      Qué comentario tan precioso. Escribes muy bien. 🙂 Muchísimas gracias por leerme así, de verdad.

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