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Los atentados de París me pillaron en un coffee shop de Ámsterdam y no me enteré de nada hasta entrar en contacto con el wifi del hotel. Leí los titulares en un estado lamentable, como podéis imaginar, y sólo me di cuenta de la magnitud de los acontecimientos cuando, tumbada en la cama horas después, me vino a la cabeza ‘El mundo de ayer’, de Stefan Zweig, y la insoportable certeza de que el suelo que pisamos no es más que una mentira.

Zweig perteneció a una familia bien posicionada de la solidísima Austria, corazón de esa Europa confiada a la que la historia se encargaría de poner en su sitio. Los años de una vida bastaron para que el escritor —cuyo estilo parecía, en sí mismo, una garantía de seguridad— viera su plácida existencia sometida a la tortura de dos guerras mundiales. Era judío. Se suicidó en 1942. ‘El mundo de ayer’ es, además de una oda a la moderación, una advertencia; la misma que, sobre la cama infecta del hostal de Ámsterdam, adquirió forma y peso en algún lugar de mi pecho. Podría pasarle a cualquiera. Podría pasarte a ti.

A juzgar por las incontables muestras de apoyo, no fui la única en acongojarme. La tragedia movilizó al mundo y reactivó el debate en torno al etnocentrismo informativo. Lo que ocurre aquí es más relevante que lo que ocurre ahí. La vida de un occidental vale cien veces la del resto. Aunque en 2001 yo no había visitado Nueva York, las torres gemelas me resultaban tan familiares como el salón de mi casa. Los medios que consumimos se rigen por criterios moldeados a partir de la cultura hegemónica y nos cuesta un enorme esfuerzo incluir en nuestro imaginario realidades que merecen atención. Cabría cuestionarse si relativizar un drama corrige en modo alguno la invisibilidad de otro, pero me limitaré a decir que la impresión que a mí me causó lo sucedido tuvo menos que ver con que Francia sea un país “amigo” con que se supone que es un país seguro. Que mueran personas allá donde mueren personas es siempre terrible. Tomar repentina conciencia de tu extrema vulnerabilidad es otra movida.

Mi profesor de Historia solía repetirnos que EE.UU. alberga en su seno la tensión entre la libertad individual prometida y la seguridad a la que le obliga su condición de primera potencia. Su misión democratizadora coloca al país en una posición mesiánica: son los buenos. Escuchar tres minutos a los candidatos republicanos es suficiente para comprender que la amenaza de un ataque externo se experimenta de manera real, palpable. No pretendo establecer comparaciones identitarias; lo que quiero es poner el foco en esa concepción del mundo (y el tipo de alarma que la acompaña) en un intento de ilustrar mi propia angustia. Mi psicoanalista sugirió después que mi súbita preocupación evidenciaba mi deseo de encontrar una excusa para eludir responsabilidades. Ignoro si estaba en lo cierto, si yo seguía bajo los efectos de las drogas o si las horas que pasé siendo escrutada en un aeropuerto holandés hicieron mella; el caso es que, ya en Madrid y sentada frente al televisor, creí posible la guerra.

En la escena final de ‘Apocalypto’, indígenas precolombinos de tribus enfrentadas se topan por primera vez con los conquistadores blancos. Imagino el nivel de desconcierto que debió de atenazar a aquellas gentes. Me pregunto cuánto tiempo les llevaría entender que, frente a ese otro recién descubierto, sus problemas y los recursos de los que se servían para resolverlos no valían nada. Quizá fuera instantáneo, no lo sé. Lo que sí sé es que pocas cosas provocan mayor indefensión que el desconocimiento profundo de las reglas del juego. Si bien se trata de situaciones incomparables, aquella madrugada —bajo la luz roja del hostal de Ámsterdam— pensé en la película, pensé en el Estado Islámico, pensé en Europa y pensé en mí; hija del privilegio, víctima potencial de algo que ni siquiera alcanza a saber nombrar.

Han pasado un par de semanas y los ánimos se han calmado. La cotidianeidad ha restablecido mi fe en los líderes, he aceptado la inconveniencia de posponer responsabilidades y han desaparecido los efectos de las drogas. Me independizo, las luces de Navidad alumbran las calles, mi hermana pequeña cumple años y mi mejor amiga vuelve pronto de la India. Todo va a salir bien. Aun así, y aunque sea únicamente por jugar, grabaré en mi memoria el momento en que surgió la duda. Sería interesante que un registro oficial recogiera las impresiones de quienes vivieron lo imposible en ese momento inicial, muy anterior a que empezara el infierno, en que surgió la duda. Sólo en el futuro sabremos si mi duda tuvo importancia o no.

 

 

 

 

 

7 Responses to “Ámsterdam, París, Madrid”

  1. Javier

    Siempre que te leo ocurre lo mismo.

    Para cada frase encuentro un apunte, un matiz, algo que me gustaría compartir contigo. Me impaciento por llegar al final, pero decido seguir leyendo, y sonrío por dentro porque siguen surgiendo ideas, réplicas brillantes que me queman en los dedos y que tu texto “necesita” para estar completo.

    LLego al final. No hay nada que añadir. Sonrío.

    Gracias.

  2. Barbara

    Me inquieta muchísimo tu texto ……..pero al final siempre llego más tranquila …. No tardes tanto en el siguiente q es un regalo leerte

  3. carlos

    Quizá es un buen momento para mirarse en el espejo

  4. Laura

    Hola Bárbara,

    Te sigo en twitter y desde ahí empecé a conocer tu blog. Sólo quería decirte que me transmites arte, y que muchas gracias. Es bellísimo tropezar con alguno de tus textos, tienes una elegancia muy agradable para escribir y relatar cosas, a veces descarnadas, de un modo claro y fluido; me parecen preciosos, ojalá publicases con más frecuencia. Admiro igualmente la valentía con la que escribes, la sinceridad, saber desnudarse en un texto es también arte. Nunca abandones la pluma.

    Saludos,

    Laura

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